Iglesia-comunidad. Consideraciones acerca de las bases bíblicas y eclesiológicas de la Diaconía

Iglesia-comunidad. Consideraciones acerca de las bases bíblicas y eclesiológicas de la Diaconía

Para llevar adelante su misión en el mundo, las iglesias desarrollan diversas funciones que han marcado su identidad a lo largo de la historia. En términos teológicos, estas funciones se identifican como: evangelización, mayordomía, diaconía, koinonía, enseñanza (didajé), proclamación (kerigma) y liturgia.

Para designar la función a la que son llamados en la Iglesia los creyentes en Cristo, el Nuevo Testamento usa la mayoría de las veces el término diaconía, que significa servicio, aunque en la Biblia tiene tantos significados secundarios que lo mejor es no traducirlo con palabras del lenguaje corriente. La diaconía cristiana, sin embargo, no debe confundirse con la filantropía; tiene su propia dinámica y su propia ley, la cual debe llevar a verdadera comunión en el dolor y a auténtico desprendimiento de nosotros mismos.

Los diversos servicios, funciones y tareas se designan en la iglesia con el nombre genérico de Ministerio, que es la traducción más o menos técnica que se le da a diaconía. Se puede decir que las primeras comunidades se sintieron libres para producir, bajo el impulso del Espíritu, los ministerios que en cada caso juzgaron convenientes, dadas las necesidades que se iban presentando. Por otra parte, es el Espíritu el que establece la organización, porque es él quien mueve en todos los aspectos a la comunidad. Se adopta lo que se cree adecuado para servir en el aquí y ahora a la causa de Jesús, y de este modo es el Señor quien edifica su iglesia.

Ahora bien, todos los dones, que han sido repartidos gratuitamente por el Espíritu de Dios, están siempre bajo el signo del servicio, de la diaconía (1 Cor 12,5; Rom 12,6-7; 1 Pe 4,11). Y en este sentido, todo miembro de la comunidad tiene que ejercer, eventualmente, el servicio de la diaconía.

Cuando Pablo escribe «los servicios o ministerios son variados, aunque el Señor es el mismo» (1 Cor 12,5), el significado de diaconía queda casi identificado con el de carisma.

El nuevo sacerdocio, tal como lo entiende Pablo, no puede ser un servicio cultual aislado y separado de la vida; por el contrario, es un servicio totalmente entrañado en la vida. En la definición paulina del sacerdocio vuelve a aparecer el aspecto esencial de servicio (Cf. Rom 12, 1).

También es preciso notar que, no siendo la comunidad cristiana un grupo dedicado al culto, ni los servicios ni las personas que los ejercen tienen un carácter sacral o religioso especial. A los ojos de las personas que los contemplan, los apóstoles son tan laicos como Jesús mismo. En la raíz de este hecho está el concepto cristiano de culto como cumplimiento de la voluntad del Dios solidario con los seres humanos y no como ritos ceremoniales ejercidos en lugares sagrados (Cf. Rom 12, 1).

En el libro de Hechos de los Apóstoles y en el corpus paulino se insiste en establecer la relación entre la proclamación del evangelio y la diaconía (cf. Hch 6.4; 20,24; 21). Y aquí diaconía significa muchas veces un servicio concreto prestado a determinada persona (cf. 2 Tm 1,8); designa particularmente el servicio de garantizar el alimento, la sobrevivencia, o el “servicio a la mesa” (cf. Hch 6,2). También contribución financiera a favor de personas necesitadas, cuyo ejemplo clásico es la colecta hecha por Pablo a favor de la Iglesia de Jerusalén (cf. 2 Co 8,19; Rm 15,25). Posteriormente el término pasó a designar un oficio particular en la comunidad, un ministerio específico, un carisma al lado del don de profecía, o de enseñanza, o de exhortación. Se llega entonces a hablar del diácono y de la diaconisa como figuras ministeriales particulares de la iglesia, como vemos reflejado en la epístola a Timoteo (cf. 1 Tm 3,8s).

En términos bíblicos la diaconía, o sea, el servicio, no es sólo una parte de la actividad de la iglesia. La diaconía es lo que identifica a la iglesia. Por eso toda la tarea de dedicación al evangelio es diaconía, desde la misión, la proclamación, hasta la edificación y el cuidado pastoral de la comunidad. Quien se entrega a la proclamación del evangelio es diácono o diaconisa, siervo o sierva. Por eso no existe en la iglesia evangelización de un lado y diaconía del otro. Todo en la iglesia es diaconía, desde el culto, hasta el compromiso social. Y la vida litúrgica solamente será diaconal y tendrá sentido, si prepara a la comunidad para el servicio en la sociedad.

El ministerio vivido y entendido como diaconía presupone por parte de aquel a quien Dios llama a su servicio una conversión profunda. Tiene que vivir despreocupado de sí y convertirse constantemente a Cristo, al único Señor del mundo y a la única fuente de todo servicio: «Fue él quien constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, con el fin de equipar a los consagrados para la tarea del servicio y construir el cuerpo de Cristo» (Ef 4,11).

En las primeras comunidades se da una importancia primordial a los miembros que poseen unas cualidades personales (carismas) que, puestas al servicio de la comunidad, son interpretadas por ésta como dones gratuitos de Dios a su iglesia. Apóstoles, profetas, doctores, evangelistas, etc., que no son actividades directamente dirigentes ni tienen poder de jurisdicción, conforman una iglesia de condición carismática. (Cf. Ef 4, 11).

La palabra «iglesia» es, por su distinta aplicación en el curso de los siglos, un término ambiguo y complicado. En las lenguas romances (español, francés, italiano) se ha mantenido la dependencia directa de la palabra griega usada en el Nuevo Testamento, «ekklesia», que designa la sesión actual de una asamblea del pueblo libre.

Pero lo decisivo del concepto ekklesia no es su etimología griega, sino el ser la traducción del hebreo «kahal» (asamblea convocada), palabra que viene esencialmente determinada al añadirle «del Señor». No es iglesia el que algunos se reúnan en libertad, sino el grupo que lo hace teniendo al Dios de Jesús como convocante y centro de la reunión. Las palabras reunión, congregación, comunidad, asamblea o fraternidad no son antagónicas, sino que completan la traducción de un término tan denso como lo es iglesia.

Desde el punto de vista eclesiológico, nos parece que el término comunidad es el que mejor define a las iglesias en su dinámica de servicio diaconal. Por eso, utilizaremos el concepto de iglesia-comunidad para distinguirla de la Iglesia entendida como institución. En esta perspectiva, asumimos que Iglesia-Comunidad es, tal como nos enseña el Nuevo Testamento, como un cuerpo formado por muchos miembros, cuya cabeza es Cristo, “de quien todo el cuerpo,  bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente,  según la actividad propia de cada miembro,  recibe su crecimiento para ir edificándose en amor” (Ef. 4, 16).

En la iglesia-comunidad las relaciones intra y extra comunitarias prevalecen sobre las formas institucionales de organización. Justamente, en términos de organización la iglesia-comunidad articula, de forma colegiada, los servicios internos con sus distintas funciones, elige su equipo de coordinación, elabora una conciencia crítica sobre las necesidades y problemas tanto al interior como al exterior y democráticamente busca soluciones comunitarias. Por consiguiente, como es de suponer, no hace una separación estructural entre ministros y laicos, sino que entiende a estos últimos como sujetos de la acción eclesial en comunión con el resto de los agentes comunitarios.

En cuanto a la misión, la iglesia-comunidad se halla fuertemente comprometida con la transformación del mundo circundante y establece alianzas y relaciones de cooperación con los diversos agentes presentes en el entorno comunitario, entiéndase organizaciones y asociaciones gubernamentales y no gubernamentales. En este sentido, la vocación ecuménica resulta fundamental para la existencia y la acción de la iglesia-comunidad, no sólo en la perspectiva interdenominacional, sino también en el abordaje intersectorial de las necesidades de la comunidad circundante. Y lo es esencialmente porque la iglesia no está llamada a verse a sí misma como “la” comunidad dentro de la comunidad circundante, sino como uno de los tantos agentes intracomunitarios que han de concertar sus esfuerzos y recursos para bien de la comunidad mayor.

Es precisamente aquí donde puede notarse la relación recíproca que existe entre la diaconía y la koinonía, pues el objetivo de la primera es crear koinonía, es decir, unidad, comunión, solidaridad. Y a la vez la koinonía se convierte en el escenario propicio para una diaconía eficiente y eficaz. De manera que puede decirse que la vocación de la iglesia-comunidad es ser signo profético de liberación, solidaridad y transformación. Y solidaridad y transformación no tienen nada que ver con caridad o asistencialismo, que muchas veces crea un sentimiento de inferioridad. Solidaridad y transformación significa enfrentar las realidades humanas, significa reaccionar ante las injusticias y el sufrimiento humano, es dignificar la vida; es ser instrumentos de paz en medio de la violencia que amenaza con terminar las relaciones de fraternidad interhumanas; es ser fermento de esperanza, cuando se quiere matar todas las esperanzas.

A propósito de lo anterior, antes de terminar quisiéramos hacer una última consideración acerca de la iglesia-comunidad. Se trata de que el hecho de estar involucrada y comprometida con la comunidad circundante como expresión de su labor diacónica, no debe hacer a la iglesia olvidar que el mensaje central de Jesús fue el reinado de Dios, y que también lo fue, con fórmulas distintas, de la proclamación de los apóstoles. Por lo tanto, si bien no es lícito identificar a la iglesia con el reino, sí es preciso estar conscientes de que la iglesia está al servicio del reino. Ello implica que el mensaje de la iglesia tiene una dimensión inmanente y una dimensión trascendente. Entonces, es su misión hacer visibles los valores de justicia, paz, solidaridad y amor del reinado de Dios en el aquí y el ahora de la comunidad circundante, pero a la vez proclamar que la plenitud del reino no se alcanza en el aquí y el ahora, sino que se consuma escatológicamente en la venida gloriosa de Jesucristo.

Un proyecto de propiedad comunal

La primera comunidad de fe de la cual tenemos noticia en el Nuevo Testamento después de la resurrección y ascensión de Jesús es la de Jerusalén (Hch 2). A juzgar por lo relatado en Hch 2,42-47, esta comunidad se organizó sobre la base de la unidad y la propiedad comunal. Ello se demuestra en que:

  • Perseveraban en la enseñanza (didajé) de los apóstoles (v. 42a). La enseñanza de los apóstoles se refiere aquí al evangelio mismo, o sea, a “todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el principio” (Hch 1, 1). Pero además debe tenerse presente que los apóstoles fueron testigos de la resurrección de Jesús, y esta experiencia constituye el núcleo fundamental de su anuncio y enseñanza, sobre la cual se funda a su vez la vida y la identidad de la comunidad cristiana.
  • Perseveraban en la comunión (koinonía) unos con otros (v. 42b). Comunión significa, ante todo, una manera de vivir en comunidad. Además del hecho de que los creyentes estaban “unánimes juntos” (Hch 2, 1. Cf. v. 44a), se destaca otro aspecto no menos importante: “y tenían en común todas las cosas” (v. 44b). Y esto era así porque “vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno” (v.45). De manera resumida, este estilo de vida comunitaria puede expresarse del modo siguiente:

Cada cual daba según su posibilidad;

cada cual recibía según su necesidad;

no había ningún necesitado entre ellos.

  • Eran perseverantes en el partimiento del pan (la Santa Cena) y en las oraciones (v. 42c). En las comunidades primitivas la Santa Cena se celebraba como parte de una comida en común (cf. Lc 22,14-20; 24,28-31; 1 Co 10,16-17; 11,17-32). Era una comida con Jesús resucitado, donde se participaba en la comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo y se celebraba la llegada del Reino.

Sin embargo, ese estilo de vida en comunidad no estaría completo sin aquella dimensión pública de la fe que se demuestra en las acciones de servicio para con los de fuera de la comunidad, es decir, todos aquellos habitantes de Jerusalén que les rodeaban. Entonces, desde esta perspectiva, podríamos también definir la iglesia como la comunidad que sirve. De ahí que el texto termine haciendo énfasis en que aquellos creyentes tenían “el favor de todo el pueblo” (v. 47b). Justamente ese testimonio en el que se conjugan la comunión y el servicio posee en sí mismo un profundo impacto evangelístico, lo cual repercute en el crecimiento de la comunidad: “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (v. 47c).

Por Rolando Verdecia. Vice-coordinador Pastoral de Personas con Discapacidad del Consejo de Iglesias de Cuba

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